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Avatar, dos nociones de colonialismo

Submitted by admin on Tue, 01/26/2010 - 00:00
  • León Valencia

FUENTE El Colombiano

León Valencia

Uno puede sentarse en la butaca del teatro y dejar que los sonidos penetren por los oídos y por los poros y se instalen en el cuerpo y lo estremezcan segundo a segundo. Puede abrir bien los ojos y explorar esa racha de colores que deambula en pantalla, esa mezcla indescifrable de tonos, de rojos, amarillos, azules, lilas, grises que puedes ver y quizás tocar si aguzas un poco la imaginación y estiras la mano sobre las imágenes.

O puedes concentrar la atención en los objetos y examinar con asombro o repulsión esas máquinas grotescas que sirven de cobijo y de arma a los terrícolas y que contrastan de manera tan abrupta con el paisaje indómito del planeta invadido. Naves gigantescas que saturan la pantalla y te revelan la asociación indisoluble entre lo feo y lo destructivo, el ingenio del hombre para aunar lo desagradable y lo mortífero.

O hacer un viaje por las montañas y los ríos, por las piedras gigantescas y los árboles fantásticos, por animales que exceden todos los tamaños de nuestro planeta y responden con generosidad infinita a los deseos de los Navi, pobladores del lugar imaginario que pone en escena James Cameron.

Puedes también dedicarte a mirar a los seres humanos que viajan de la tierra ya sus congéneres de Pandora. A descubrir que por más grande que sea el esfuerzo para inventar nuevos seres, el hombre está preso de su propia imagen y sólo puede dar a luz réplicas cercanas o lejanas de su cuerpo, de su rostro, de sus ojos, de sus manos. Que le queda muy difícil, si no imposible, inventar otra tristeza, otro dolor, otra alegría, otra manera de amar y de entregarse, otra ambición, otra forma de odiar, de atacar, de resistir, de crear y destruir.

O poner cuidado al argumento y entonces dejarse llevar por la película hacia las metáforas recurrentes de la épica de siempre. En especial aquella desigual batalla entre David y Goliat representada acá entre un invasor pleno de tecnologías y de armas y unos nativos apegados a mitos y territorios, defendiéndose con los recursos que la naturaleza y los dioses les brindan.

O metáforas nuevas. Las que colocan en el lugar central del hombre de hoy la defensa del ambiente. Una épica ecológica que descubre una conexión absoluta entre todas las manifestaciones de vida y las expresiones de la materia. La que señala que el hombre y su ambición están destruyendo su propia casa y sucumbirá bajo un derrumbe que ha provocado sistemáticamente sin que pueda detenerlo la compasión o el deseo de supervivencia.

En esa trama los invasores llevan en sus filas a los depredadores que se abalanzan sobre los nativos y su planeta para destruirlo y llevan también al héroe -SamWhorthington- un inválido que se transformará en nativo y liderará la resistencia de los Navi.

Y aquí el mensaje se torna contradictorio. Un país que todos los espectadores asocian con Estados Unidos viene a despojar de un material precioso a Pandora y para ello se dispone a destruir los lugares emblemáticos de ese planeta y a esclavizar a sus habitantes.

Pero un pequeño grupo de los foráneos se rebela y une sus fuerzas a los nativos cambiando con ello la correlación de fuerzas. La trama termina dándole un papel decisivo a una parte de los invasores en la victoria de los Navi. La película es el escenario donde se debate un colonialismo arrasador y uno generoso. Uno que destruye y otro que, movido por el amor y la justicia, termina enarbolando la bandera de los débiles. Todas estas sensaciones se viven a la vez en esta película pródiga en imágenes y mensajes que utiliza la tecnología para volver sobre el imaginario del mundo contemporáneo cada vez más informado y consciente del desastre y cada día más indolente y egoísta para detenerlo y fundar un planeta más amable.

/ León Valencia

lvalencia@nuevoarcoiris.org.co

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