En qué va la guerra
Fuente revista Cambio / English Version
El conflicto armado sigue produciendo una gran cantidad de personas desplazadas, la mayoría de las cuales llegan a los centros urbanos. Foto: AFP
El 2008 fue un año en el que el conflicto armado registró mucha intensidad. Algunos grupos irregulares recibieron verdaderos sacudones y se transformaron radicalmente. El Gobierno del presidente Uribe rompió el proceso de negociación con los paramilitares y envío en extradición a 14 de los grandes jefes; el escándalo de la parapolítica tocó las puertas de todos los partidos de la coalición de gobierno y hundió al Congreso de la República en una crisis jamás vista; las Farc vieron morir a su máximo comandante y fundador, y recibieron otros golpes contundentes: la 'Operación Jaque' que liberó a un grupo de secuestrados entre quienes se encontraban Íngrid Betancourt y tres ciudadanos norteamericanos, y la baja de varios miembros del Estado Mayor Central; el Eln canceló las conversaciones que venía adelantando con el Gobierno y se puso en la tarea de sobrevivir eludiendo los combates y disminuyendo sus operaciones con la intención de conservar sus fuerzas en medio de la ofensiva gubernamental.
El Gobierno se atrevió entonces a proclamar que los paramilitares eran cosa del pasado y que las Farc estaban derrotadas o, en palabras del comandante general de las Fuerzas Armadas, general Freddy Padilla de León: "Entramos en el fin del fin de esta guerrilla". No obstante, los medios de comunicación traen a diario noticias de la presencia y acciones de reductos paramilitares, y de nuevos grupos criminales; las Farc continúan dando qué decir en muchas regiones y en algunos lugares han vuelto a crecer; el Eln mantiene su presencia silenciosa en muchas zonas y no ceja en su empeño militar.
La gente se pregunta, entonces, sobre cuál es la verdad y en qué estado está la guerra. ¿Estamos doblando la página del conflicto o aún falta mucho trecho por recorrer para que algún día lleguemos a la paz?. Para responder a estos interrogantes, la Corporación Nuevo Arco Iris adelantó un concienzudo estudio de los actores armados recurriendo a toda la información oficial y realizando también un esmerado trabajo de campo en todas las regiones del país.
Las conclusiones no son tranquilizantes. Los reductos paramilitares y grupos emergentes están creciendo y se están expandiendo en forma desa-forada. Las Farc se han reacomodado para seguir en la guerra y ahora se van a favorecer de la recesión económica, los cambios en Estados Unidos y la grave crisis social que vive el sur del país con motivo de la caída de las llamadas 'pirámides'.
Como antes
Si sumamos los paramilitares reinsertados que han vuelto a las armas, los que no se desmovilizaron y las bandas emergentes, tenemos otra vez 10.200 personas en armas, distribuidas en 102 grupos que utilizan 21 denominaciones distintas, con presencia en 246 municipios del país. Tal como dice el Gobierno, el propósito de algunos de estos núcleos es el narcotráfico, pero la mayoría están asumiendo muchas características de las anteriores Autodefensas: atacan a líderes sociales, organizaciones comunitarias y dirigentes políticos, y buscan influir en el poder local y controlar el territorio.
En el caso de las llamadas 'Águilas negras', que están hacia el norte y el oriente del país, estas tienen una posición antisubversiva y cuentan con la permisividad de sectores de la fuerza pública. En espacios como la Universidad Nacional, estos grupos recurren a nombres que evocan a las viejas autodefensas para amenazar al estudiantado: Bloque Capital de las Águilas Negras. Quizás estamos entrando en uno de los escenarios que prefiguró la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, CNRR, que advirtió hace un año sobre la posibilidad de que surgiera una tercera generación de paramilitares (ver tabla Municipios...).
Al lado del resurgimiento del fenómeno paramilitar se mantiene viva la parapolítica. Es cierto que la Justicia está haciendo su tarea en medio de grandes dificultades y que ha logrado procesar a 59 congresistas en ejercicio y a 23 ex parlamentarios, lo mismo que a cerca de 300 líderes políticos regionales o funcionarios del Gobierno, y que en ese proceso se han destapado siete pactos -Ralito, Chivolo, Pivijai, Urabá, de Coordinación, Magdalena Medio y Eje Cafetero- en los cuales se hicieron explícitos los compromisos entre los líderes políticos y los jefes paramilitares. No obstante, no se ha avanzado un ápice en el establecimiento de la responsabilidad política y en su consecuente castigo.
No se ha disuelto ninguno de los partidos -Convergencia Ciudadana, Colombia Viva, Alas-Equipo Colombia, Colombia Democrática y Apertura Liberal- que tienen a la mayoría o la totalidad de sus parlamentarios titulares vinculados a los expedientes judiciales, y tampoco han sido sancionados otros partidos grandes como La U, el Partido Conservador, Cambio Radical y el Partido Liberal, con prestantes miembros encarcelados o enjuiciados. La figura de la "silla vacía" no pudo aplicarse porque el presidente Uribe hundió el primer proyecto de reforma política con el argumento de que no iba a dejarse quitar las mayorías en el Congreso. En las pasadas elecciones locales, los cinco partidos más estrechamente vinculados a la parapolítica presentaron 29.000 candidatos y, a pesar de que aunque en algunas partes empezaron a ser castigados por sus electores, lograron ampliar su influencia a otras regiones y mantuvieron su poder local y regional.
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